Bellán empezó en un patio trasero en julio de 2023. Yo acababa de dejar mi trabajo en un estudio de diseño en Bogotá y estaba en casa por el verano. Mi abuela me había dejado — entre otras cosas — un viejo telar de madera que todavía no sabía usar.
Aprendimos. Despacio. Mal, al principio. Para octubre habíamos hecho siete vestidos. Para diciembre habíamos vendido los siete a amigas. Para marzo de 2024 teníamos una sala, dos telares más, y una pequeña lista de gente que había escrito preguntando si tomábamos pedidos.
Por qué Bellán.
Era el nombre de nuestra tía abuela. Bellán Herrera. Vivió en Cartagena toda su vida, hacía su propia ropa, tenía un jardín, nunca se casó, y era — según todo relato familiar — la mujer más elegante que cualquiera de nosotras conoció.
Por qué pequeño.
Porque intentamos, brevemente, no serlo. En 2024 aceptamos un pedido mayorista que habría duplicado nuestra producción. Le dedicamos seis semanas, perdimos las noches y el humor, y — cuando terminó — acordamos que nunca lo volveríamos a hacer.
Desde entonces, todo es hecho a pedido, en el atelier. Es más lento. Es más justo para quienes lo hacen. Es mejor para nosotras. No podemos imaginar trabajar de otra forma.
Elegimos pequeño a propósito. Quedarnos pequeñas es la decisión más difícil. La seguiremos eligiendo.— Yaja
— Yaja, en casa.