A Rosa la escuchas antes de verla. El punto panal, bien hecho, tiene un ritmo — un uno-dos, uno-dos-tres, con una pequeña pausa al final de cada fila, como la respiración al final de una frase. Cuando Rosa trabaja, el ritmo llena todo el atelier.
Lleva en el telar desde los doce años. Ahora tiene cuarenta, lo que significa que ha pasado veintiocho años haciendo exactamente esto. Es, creemos, la mejor tejedora a crochet de Cartagena. Posiblemente de Colombia. Somos un poco parciales.
Una mañana con Rosa.
Llega a las 7:30. Se prepara un tinto. Se sienta al telar. Trabaja hasta las 10, cuando para veinte minutos, se toma otro tinto, y le pregunta a una de nosotras qué tal el fin de semana. Vuelve al telar hasta la 1. Almuerza. Trabaja hasta las 4. Vuelve a casa con sus tres hijas.
Te dirá que no es rápida. Es una mentira que le dejamos guardar. En una de esas mañanas puede terminar el corpiño de un vestido Luna — aproximadamente dieciocho horas de trabajo para la mayoría de las tejedoras.
Lo que enseña.
Cada nueva tejedora en nuestro atelier pasa sus primeras dos semanas con Rosa. Les enseña el panal, el picot, y — más importante — cómo sentarse al telar una mañana entera sin encorvarse. También les enseña que los errores se arreglan mejor en el mismo silencio en que se cometen.
Al punto no le importa si estás teniendo un mal día. Le debes las mismas manos cada vez.— Rosa, a una nueva tejedora
Su hija menor, Valentina, se unió los lunes y jueves. Tiene diecisiete, y — su madre lo admitirá a regañadientes — ya es muy buena.
— Yaja, con gracias a Rosa.